El poder de los símbolos en la política

Desde mi punto de vista, quien domina el territorio de lo simbólico es quien controla una campaña electoral.

Al fin y al cabo, nuestros cerebros están acostumbrados a leer símbolos e interpretarlos desde tiempos inmemoriales. Antes incluso de que existieran los discursos políticos o los programas de gobierno, los seres humanos ya se organizaban alrededor de imágenes, gestos y señales que condensaban significados profundos.

La fuerza de los símbolos radica en que no necesitan muchas palabras para transmitir su mensaje. A veces ocurre exactamente lo contrario: mientras menos se explica un símbolo, mayor es su capacidad de activar emociones. Por eso es importante que tu símbolo esté dentro de la mente del elector, que ya exista, que sea de fácil recordación, que no sea debatible.

Un buen símbolo debe funcionar como una llave: basta con verlo para que, dentro de la mente del elector, se despliegue todo un universo de significados, recuerdos y emociones.

Por eso, en política, las campañas más poderosas no son necesariamente las que hablan más, sino las que logran instalar imágenes que la gente reconoce, recuerda y siente como propias.
En la política contemporánea hay múltiples ejemplos de esto.

El cartel “Hope” de Barack Obama durante la campaña de 2008 se convirtió en un símbolo de cambio generacional y renovación política en Estados Unidos. No era solo una imagen: era la representación visual de una promesa.

En América Latina también lo vemos con frecuencia. El pulóver negro y el estilo austero de José Mujica terminaron convirtiéndose en un símbolo de sencillez y coherencia política.
Más recientemente, la motosierra utilizada por Javier Milei en campaña condensó una idea política completa: recortar el Estado. No hacía falta un documento técnico para entender el mensaje.

En todos estos casos ocurre lo mismo: el símbolo precede al argumento. Primero se instala una imagen en la mente del elector y luego esa imagen organiza el relato político.
Al final, una campaña electoral es también una disputa por el significado de las cosas.
Y quien logra fijar esos significados, quien domina el territorio de lo simbólico, suele llevar la ventaja.

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