¿Qué es estrategia? (y qué no)

En la mayoría de campañas y gobiernos, los equipos no tienen clara la diferencia entre estrategia y táctica. A simple vista esto puede parecer un detalle técnico, pero en la práctica provoca una confusión estructural: no se definen bien los roles, el candidato termina pidiendo “estrategias” para todo, y se desperdicia la posibilidad de construir una narrativa coherente y sostenida en el tiempo.
Si todo es estratégico nada lo es.
La acepción más común de estrategia la define como un “conjunto de acciones planificadas y orientadas hacia la consecución de un objetivo”. Pero esa definición es apenas un punto de partida.

Desde mi experiencia, la estrategia no es sólo una lista de acciones ni un cronograma de tareas. La estrategia es un marco. Un documento guía que permite decidir qué acciones caben dentro del rumbo que hemos definido… y cuáles no. Y sí, al final de ese documento van las acciones.

Pero si no tienes ese marco, cualquier idea puede parecerte buena, aunque muchas de ellas sean disparos al pie. La estrategia existe para evitar eso: para que no confundamos lo creativo con lo útil.

Ese marco estratégico debe contener —y esto es parte de mi metodología— una narrativa clara: la historia que vamos a contarle a la gente.
Una historia que defina quién es nuestro candidato o gobernante, pero también quién es el adversario y qué amenaza representa.
Una historia que enuncie una causa por la que vale la pena luchar, que señale el terreno simbólico que nos favorece y que establezca los códigos, los íconos y los símbolos que van a sostener nuestra recordación en el tiempo.

Si tu estrategia es solo un plan de acción, serviría para administrar un edificio, pero no para ganar una campaña ni gobernar con rumbo. Porque ni el poder ni el liderazgo se construyen con acciones sueltas: se construyen con sentido.

Una buena estrategia permite que el candidato o gobernante desgrane su historia en el tiempo. Que pueda vincular emocionalmente su causa con la gente. Que gane la batalla simbólica para terminar ganando la electoral o la lucha de narrativas en su gobierno.

Por eso, los equipos que no diferencian entre estrategia y táctica suelen obsesionarse con el eslogan, el color de la camisa o la foto de campaña… sin haber definido todavía cuál es la historia que quieren contar.

Lo recomendable es hacer primero una investigación profunda —etnográfica, simbólica, emocional— y desde ahí construir la estrategia.
Solo después viene lo táctico: las acciones que van a poner en marcha esa estrategia.
Dicho de otro modo: si defino el qué, puedo diseñar el cómo.

Pongamos un ejemplo:
Si decido que mi personaje es el ciudadano común que quiere alcanzar el poder para desterrar la corrupción, y declaro que la amenaza son los ‘pipones’ que viven del Estado, ya tengo un marco claro.

Ahí hay un héroe (el ciudadano que no es político), un villano (los pipones del poder) y una causa (salvar la ciudad de los corruptos).
Eso es estrategia. Esa es la historia madre de toda la campaña. Luego vendrá el eslogan —que debería resumir esa historia— y las tácticas que nos ayuden a difundirla, encarnarla, vivirla.

Tener estrategia, además, te protege del error.
Si tu narrativa es una lucha contra la corrupción, no puedes aliarte con un partido desacreditado o salir con una foto con dirigentes de dudosa reputación

Finalmente, esta diferenciación entre lo táctico y lo estratégico permite definir con claridad el rol del estratega. Así sabrá, por ejemplo, si lo que está necesitando es un creativo, un community manager o alguien que le dé sentido a todos esos esfuerzos.

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